Aunque suele clasificarse de forma automática como región “árida”, esta zona conforma un mosaico ecológico dinámico donde se desarrollan procesos esenciales, entre ellos la acumulación y pérdida del Carbono Orgánico del Suelo (COS).
Autores: Milenka Almanza López; Óscar Ayala Aragón
La Paz, 25 noviembre (ANA).- Potosí y Oruro han sido históricamente confinados, casi con un sello de destino extractivista, al rótulo de territorios mineros, una etiqueta que redujo su complejidad ecosistémica y su especialización ambiental a simples depósitos de mercancías minerales. Ese encasillamiento simplista invisibilizó la heterogeneidad biogeográfica que ambos departamentos albergan y que, pese a siglos de explotación intensiva, continúa resistiendo a la mirada reductiva de la actividad extractiva.
En realidad, estos espacios geográficos constituyen territorios mucho más vastos y diversos que la lacia minería. Resguardan ecosistemas complejos y, en muchos sentidos, aún ininteligibles para la ciencia contemporánea. Entre ellos, se encuentra el amplio corredor situado entre los salares de Uyuni y Coipasa, un paisaje donde operan procesos ecológicos altamente sofisticados y todavía escasamente explorados. Resulta llamativo, y científicamente irónico, que un territorio de tal relevancia permanezca sistemáticamente ausente de las agendas de toma de decisiones, más aún en el contexto acelerado del cambio climático.
Aunque suele clasificarse de forma automática como región “árida”, esta zona conforma un mosaico ecológico dinámico donde se desarrollan procesos esenciales, entre ellos la acumulación y pérdida del Carbono Orgánico del Suelo (COS). Este componente edáfico condiciona funciones fundamentales: fertilidad del suelo, capacidad de retención hídrica, estabilidad física estructural y actividad microbiana subterránea. Su papel central convierte al COS en un indicador privilegiado de calidad del suelo, funcionamiento ecosistémico y sostenibilidad ambiental.

Desde una perspectiva ambiental, el análisis del COS resulta imprescindible, dado que es uno de los parámetros más sensibles a las perturbaciones climáticas y ambientales. El cambio climático ha intensificado los riesgos en ecosistemas frágiles, como los suelos del intersalar boliviano, que, además de ser esenciales para la producción de quinua real, desempeñan un rol crucial en la regulación climática a través del secuestro de carbono.
En este marco, la investigación realizada por los autores: “Modelación para la evaluación de vulnerabilidad ambiental a pérdida de carbono orgánico de suelos en zonas áridas del intersalar boliviano ante el cambio climático” arroja resultados preocupantes. Mediante un modelo matemático predictivo se determinó un predominio significativo de alta vulnerabilidad a la pérdida de COS, lo que evidencia una problemática poco estudiada y de creciente urgencia ecológica. Los resultados revelan que el 54% de los suelos del intersalar presentan alta vulnerabilidad, particularmente en áreas sometidas a estrés hídrico y con baja capacidad de retención de humedad.
Las causas de esta vulnerabilidad son claras: incremento sostenido de temperaturas extremas, con promedios anuales superiores a 12 °C y descensos de hasta –7 °C durante eventos de helada; niveles críticos de radiación solar superiores a 6500 MJ/m²/año (Mega Jul por metro cuadrado por año), que aceleran la mineralización de la materia orgánica; más de 70 heladas anuales en diversas comunidades, afectando la estabilidad molecular del COS; precipitaciones escasas y altamente estacionales que refuerzan la aridez estructural.
Las implicaciones son inequívocamente graves. Los suelos áridos, de por sí escasos en materia orgánica, enfrentan una intensificación del proceso de pérdida de COS debido al cambio climático, lo que favorece la liberación de dióxido de carbono (CO₂), un gas de efecto invernadero que retroalimenta el calentamiento global. La ironía ecológica es evidente: la degradación del suelo contribuye al mismo fenómeno climático que intensifica dicha degradación.
La alerta adquiere carácter urgente y requiere atención inmediata de autoridades, comunidades locales y la sociedad en su conjunto. La estabilidad del COS sustenta el equilibrio funcional, la complejidad ecológica y la resiliencia ambiental de estos ecosistemas extremos. De su conservación depende también la producción de quinua, base alimentaria y económica del altiplano, y, con ella, la seguridad alimentaria y los ingresos de las familias productoras.
Por ello, la investigación reafirma la necesidad de políticas públicas sustentadas en evidencia científica para mitigar la degradación del suelo y promover prácticas sostenibles en territorios de alta fragilidad ecológica. Asimismo, se vuelve indispensable ampliar las líneas de investigación orientadas a estrategias de conservación del carbono edáfico en el altiplano boliviano.
En consecuencia, este territorio amerita ser reconocido como ecosistema estratégico, incorporándose en la categoría de áreas no formalmente protegidas que, a pesar de ello, requieren una gestión activa para garantizar resultados positivos y sostenidos para la biodiversidad, la funcionalidad ecosistémica y la estabilidad climática regional y climática mundial.
Esta nota de prensa fue realizada en el marco del proyecto “Procesos de incidencia para el fortalecimiento de políticas ambientales y de conservación en áreas protegidas y ecosistemas estratégicos de Bolivia” implementado por LIDEMA y las plataformas departamentales por las áreas protegidas y ecosistemas estratégicos, con el apoyo de WWF, WCS y Fundesnap.
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