Por: Jaime Cuéllar*
Nos enseñaron a mirar sin ver,
a pasar de largo el hambre y la herida,
a llamar paisaje al saqueo,
y costumbre a la caída.
Hay niños jugando sobre promesas rotas,
hay oro manchando ríos y manos,
y el ruido de siempre tapa el grito
del país que se nos va desgastando.
Lo grave ya no duele,
lo injusto ya no quema,
la sangre se volvió estadística
y la memoria, problema.
No nos acostumbremos.
No al miedo, no al silencio, no al precio de vender el alma en cuotas.
No nos acostumbremos
a ver morir la dignidad
mientras la patria se decora.
Que duela todavía.
Que arda la verdad.
Que el corazón no aprenda
a obedecer la oscuridad.
Se volvió normal la traición con discurso,
la cruz colgada como marca de moda,
el verdugo hablando de progreso
mientras firma la misma derrota.
Nos dicen: “Así es el mundo”,
“no se puede cambiar”,
pero la historia nunca avanzó
por los que aprendieron a callar.
La rutina es la jaula perfecta,
el conformismo, su guardián.
Lo más explosivo se oxida
cuando dejamos de cuestionar.
No nos acostumbremos.
A que la ley se arrodille,
a que la vida valga menos que un contrato.
No nos acostumbremos
a confundir la paciencia
con rendirse paso a paso.
Que tiemble la costumbre.
Que despierte la voz.
Que ser disconformes vuelva a ser
un acto de amor feroz.
Danos la fe que se mueve,
no la que duerme en vitrinas.
La fe que pregunta, que arriesga,
que rompe dogmas y esquinas.
Necesitamos herejes del alma,
amigos que sepan incomodar,
porque el futuro no llega solo:
hay que empujarlo a caminar.
No nos acostumbremos.
Ni al hambre, ni al miedo, ni a vivir de rodillas.
No nos acostumbremos
a que nos roben el mañana
con sonrisa tranquila.
Que Bolivia no sea rutina,
que sea pregunta y verdad.
Que nos crucifiquen si hace falta,
pero nunca por conservar
el orden injusto de la normalidad.
Quisiéramos ver el mundo
como si fuera la primera vez…
Y tener el coraje suficiente
para no acostumbrarnos
jamás.
*Jaime Cuellar es abogado investigador, especialista en minería ilegal












