Pamahuayá no es un nombre arbitrario. En la memoria viva de la TCO Chácobo, esta palabra evoca la costumbre ancestral de internarse en la selva para la recolección de los frutos del bosque.
Por: Nelson Fernández
Riberalta, Beni, 28 agosto (ANA).- A vista de pájaro, la Amazonía no conoce fronteras ni divisiones políticas. Es un inmenso tapiz verde que se extiende hasta donde alcanza la mirada, surcado por ríos que serpentean como venas vivas alimentando uno de los territorios más biodiversos del planeta.
El equipo de comunicación de la Fundación para el Desarrollo del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (FUNDESNAP) emprendió una travesía a través de la geografía boliviana. El recorrido nos llevó desde las alturas de la Ciudad Maravilla, La Paz, hasta la vibrante Santa Cruz de la Sierra; de allí a Trinidad, para finalmente aterrizar en el cálido abrazo amazónico de Riberalta.
Fue en el marco de una iniciativa que apuesta por la conservación de los paisajes, de las aves que los habitan y, sobre todo, de los territorios de vida, que emprendimos este viaje para documentar historias donde la biodiversidad, la cultura y el compromiso local se entrelazan. Historias que dan vida a Conserva Aves, una iniciativa que demuestra que la conservación es posible cuando las comunidades y la naturaleza avanzan juntas.
Desde allí, el ingreso hacia Pamahuayá es sorprendentemente corto, apenas un par de horas por tierra, pero el salto temporal y sensorial es absoluto. En esta expedición tuvimos el gusto de caminar junto a Sofía Lottersberger, bióloga de la Asociación Civil Armonía, Miguel Hurtado, guía local cuya intuición amazónica lee el monte como un libro abierto, y Vincent Vos, biólogo neerlandés que echó raíces en esta tierra hace más de un cuarto de siglo, enamorado de sus secretos de plumaje, trino y en realidad de cualquier forma de vida.
En el templo de las sombras

Hacer periodismo y registro fotográfico en el bosque primario de la Amazonía beniana es un acto de profunda humildad. No hay aquí los ángulos abiertos que ofrecen las grandes lagunas ni las facilidades de un río despejado. Pamahuayá es un bosque de copas infinitas, donde árboles gigantescos custodian un dosel cerrado que filtra la luz en destellos dorados y densas sombras. En su cara opuesta, presenta sabanas con bosque secundario igualmente biodiverso y lleno de vida.
Durante tres extenuantes jornadas de trabajo, un tiempo que pedía a gritos alargarse por semanas, enfrentamos el desafío de encuadrar la vida, en medio de nubes de insectos que intentan devorar a cualquier invasor de su ecosistema, el trabajo se convierte en un desafío intenso y para siguientes incursiones nos enseña que registrar la naturaleza requiere tiempo, dedicación y pasión infinita. El ojo busca entre la espesura; las manos sostienen la cámara pese a las constantes picazones de toda la artillería aérea del bosque mientras el oído se afina para el canto de las aves.
No se trata solo de ver a las aves, sino de aprender a esperarlas. Repentinamente, entre la densidad de la selva, un destello fugaz premia la espera: la visión majestuosa de un Cóndor Blanco (Sarcoramphus papa), atravesando el cielo amazónico, recordándonos la escala sagrada de este territorio y la presencia de esta majestuosa ave.
Los antiguos habitantes del bosque cuentan que, cuando la selva estaba unida desde los Andes hasta las grandes llanuras de Mojos, un Cóndor Blanco surcaba los cielos llevando mensajes entre los espíritus de las montañas y los guardianes del bosque. Cada vez que los hombres olvidaban respetar la naturaleza, el ave desaparecía entre las nubes. Pero cuando los bosques se conservaban sanos y las aves encontraban caminos libres para migrar, el Cóndor Blanco volvía a aparecer al amanecer, como una señal de que el corazón de la Amazonía seguía latiendo. Dicen que quien alcanza a verlo no recibe riqueza ni poder, sino una misión: proteger la vida que une el cielo, el bosque y el agua, nos comentaba Miguel Hurtado nuestro guía local.
Un reino de frutos, cantos y vida
Pamahuayá no es un nombre arbitrario. En la memoria viva de la TCO Chácobo, esta palabra evoca la costumbre ancestral de internarse en la selva para la recolección de los frutos del bosque. Es el supermercado sagrado, la despensa viva donde la comunidad y la naturaleza han dialogado durante siglos.
Durante una pausa en esta maravillosa aunque exigente labor conversamos con Miguel Cardozo Uribe, Coordinador del Proyecto Pamahuayá y miembro del equipo de Faunagua, la institución que lidera esta iniciativa a nivel local. Mientras avanzamos por los senderos del área, nos explica la delicada arquitectura social que sostiene este esfuerzo de conservación.
“El 95% del territorio es de propiedad comunal. Crear consensos no es un trámite, es un arte”, nos comenta.
Sus palabras reflejan la complejidad y, a la vez, la fortaleza del proceso. “Tras un largo camino de diálogo, construcción de confianza y búsqueda de acuerdos para armonizar los objetivos de conservación con las preocupaciones y aspiraciones locales, fue necesario escuchar, comprender y replantear incluso la percepción que muchas personas tenían sobre las áreas protegidas”.
Hoy, ese trabajo comienza a dar frutos. “Diez comunidades campesinas, la Federación de Campesinos y el Gobierno Autónomo Municipal de Riberalta han unido voluntades en torno a una visión compartida para el territorio. El proyecto se encamina con paso firme hacia la promulgación de la ley municipal que hará posible su creación, consolidando un modelo de conservación construido desde el diálogo y el consenso”.
En busca del pequeño guardián del bosque

Si Pamahuayá tuviera un corazón latiendo a ras del suelo, tendría la forma del Tororoi de Riberalta (Hylopezus auricularis). Esta ave diminuta, tierna y de andar inquieto, es una joya endémica que no existe en ningún otro rincón del planeta y que, a nivel local en Riberalta, ya fue declarada como Patrimonio Natural del municipio de Riberalta (Ley Municipal Amazónica No020/2025) y tomada en cuenta en diferentes manifestaciones gráficas y logotipos institucionales incluso municipales.
Durante toda una mañana y gran parte de la tarde nos internamos en los bosques de Pamahuayá tras una presencia casi mítica: el Tororoi, una pequeña ave que, acorralada por la presión del cambio climático y otras amenazas, ha encontrado refugio en los sectores más bajos y mejor conservados del bosque amazónico.
La búsqueda movilizó un verdadero operativo de registro. Sofía Lottersberger, de Armonía, Vincent Vos, y quien escribe nos camuflamos entre la vegetación, inmóviles y atentos, mientras un parlante reproducía el inconfundible trino de la especie para atraerla hacia nuestra posición. Mario Larrea y Miguel Hurtado, nuestro guía local, se escabulleron en otro refugio cercano para probar suerte. Una y otra vez escuchamos su respuesta, cercana, esquiva, como un susurro oculto entre las sombras.
Cambiamos de ubicaciones más de tres veces, explorando los rincones donde el ave encuentra mayor protección, pero el Tororoi nunca se dejó ver. Solo nos regaló su canto y la profunda belleza de su hábitat.
Según Vincent Vos, existen muy pocos registros fotográficos de la especie, y obtener imágenes de alta definición que cumplan los estándares de la fotografía profesional requiere paciencia, tiempo y numerosas jornadas de campo. Su plumaje discreto y su hábito de desplazarse entre la vegetación baja la convierten en un maestro del camuflaje, casi indistinguible entre las sombras del denso bosque amazónico. Aquella tarde comprendimos que, en ocasiones, la naturaleza no se revela ante la cámara; se manifiesta apenas en una nota lejana, en un movimiento fugaz y en la certeza de que, oculto entre la espesura, el Tororoi sigue repartiendo vida.
«El Tororoi es una especie que está en el Libro Rojo de Vertebrados de Bolivia. Cuidarlo aquí es una responsabilidad ética absoluta de Riberalta con el mundo; si no lo protegemos en este ecosistema, no sobrevivirá en ninguna parte».
Junto al Tororoi, más de 218 especies registradas de aves entrelazan sus vidas en esta área. Desde el imponente nido de Águila Arpía oculto en lo alto de un castañal, pasando por la elegancia del Águila Chaqueña en las pampas de San Lorenzo, hasta el delicado vuelo del Picaflorcito Blanco, cada especie cumple un rol insustituible.
El corredor de la vida: por qué importa Pamahuayá

Las aves son los verdaderos guardianes de la naturaleza. Al ser tan sensibles a cualquier alteración de su entorno, actuan como bioindicadores perfectos: escuchar su canto es tomarle el pulso a la salud de la Tierra. Si el canto de las aves se apaga, la selva enferma y paso a paso desaparece.
La consolidación de Pamahuayá como nueva área protegida subnacional bajo la iniciativa Conserva Aves no es un esfuerzo aislado; es la pieza que faltaba en un rompecabezas vital.
Para las aves, este territorio es mucho más que una extensión de bosque: es una ruta de vida. Entre sus árboles encuentran los frutos, insectos y refugios que sostienen su existencia; entre sus copas y senderos verdes hallan la continuidad necesaria para desplazarse libremente, sin las barreras impuestas por la fragmentación del paisaje.
En tiempos de incertidumbre climática, este eslabón de naturaleza que une un corredor de vida se convierte además en un refugio estratégico, un santuario de resiliencia donde las especies pueden adaptarse, encontrar nuevas oportunidades de supervivencia y mantener vivo el pulso de la biodiversidad.
Cada bosque conectado es una puerta abierta al vuelo, una promesa de alimento, protección y futuro para las aves que dan voz y movimiento al corazón de la Amazonía.
Proteger a estas aves no es solo resguardar plumas y cantos; es asegurar el agua, los frutos, la madera sostenible y el equilibrio ecológico para las generaciones humanas que habitan la Amazonía.
Pamahuayá es la promesa de que el bosque primario seguirá estando vivo, cantando al amanecer y desplegando sus alas en libertad.
Conserva Aves es una iniciativa hemisférica liderada por American Bird Conservancy, National Audubon Society, BirdLife International, Birds Canada y la Red de Fondos Ambientales en Latinoamérica y el Caribe (RedLAC), con el respaldo estratégico de Bezos Earth Fund.
En Bolivia, la iniciativa es impulsada por la Fundación para el Desarrollo del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (FUNDESNAP) y la Asociación Civil Armonía.
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