El fenómeno climático amenaza con volver con una fuerza “histórica” a finales de este año y parte del siguiente. Armando Rodríguez, experto de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), enfatiza que, aunque el escenario para 2027 es “realmente preocupante”
Por: La Región
Foto principal: Rocío Lloret
La Paz, 13 julio (ANA).- Cuando escuchamos hablar de “El Niño”, solemos pensar en lluvia o calor extremo. Pero este 2026, la ciencia ha encendido las alarmas por algo más grande: un fenómeno más preocupante, al que la prensa le ha puesto el adjetivo de “Súper”. Este nombre se usa cuando las aguas del océano Pacífico se calientan muchísimo más de lo normal (más de 2 °C por encima del promedio). Cuando eso pasa, el planeta entero siente el golpe. En la historia moderna solo se ha vivido tres eventos así: 1982, 1997 y 2015.
¿Por qué se espera uno ahora? Los satélites y medidores en el océano ya muestran un pulso de agua muy caliente avanzando con fuerza. Los centros meteorológicos estiman que hay un 96 por ciento de probabilidades de que el fenómeno se quede hasta inicios de 2027, y un 35 por ciento de opciones de que se convierta oficialmente en ese temido “Súper” Niño. De confirmarse las proyecciones actuales, podría ser el evento más intenso que se haya visto desde 1877.
El mapa del impacto en Bolivia
El panorama actual encuentra, además, en un planeta que de por sí ya es más caliente debido al cambio climático. Aunque el cambio climático no inventó a El Niño, sí funciona como un amplificador que hace que sus efectos se sientan con más fuerza.
Armando Rodríguez Montellano —experto de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) en geomática aplicada y geoinformación de recursos naturales— explica a La Región que en el caso de Bolivia, el escenario climático es “crítico”.





“El Niño” avisa con meses de anticipación
A diferencia de un terremoto que llega sin avisar, El Niño se puede ver venir con meses de anticipación. Esa ventaja da una oportunidad de oro: dejar de correr cuando el desastre ya ocurrió y prepararse en prevención.
Armando Rodríguez sostiene que Bolivia cuenta actualmente con una “ventana de oportunidad” entre finales de 2026 y el inicio de 2027, para prepararse ante la sequía extrema proyectada. Su planteamiento se centra en un cambio de paradigma que deje de ser reactivo y pase a ser una planificación estratégica a largo plazo.
Los puntos clave de su consigna son los siguientes:
1. Reinterpretación de los Sistemas de Alerta Temprana (SAT)
En Bolivia actualmente se confunde “alerta temprana” con “respuesta inmediata”, cuando la verdadera prevención debe actuar meses antes.
Para ello propone dejar de “satanizar” el fuego y adoptar el concepto de “manejo integral de fuego”, similar al que aplica Brasil. Esto tiene que ver con reducir la carga de combustible mediante el uso del fuego de forma controlada durante las épocas húmedas para eliminar la biomasa seca. Así también, cortar la continuidad del bosque para evitar que, cuando llegue la época crítica, exista combustible disponible que permita que las llamas escalen a incendios incontrolables.
- Prevención antes que reacción
Del mismo modo, explica que la prevención más efectiva y económica ocurre en el punto de inicio del fuego. Para ello se requiere:
- Brigadas de primera respuesta: Rodríguez enfatiza que se debe dotar de capacidades, entrenamiento y equipo básico a las comunidades locales (indígenas y campesinas), ya que ellos son los que están en el bosque y pueden sofocar un fuego cuando apenas inicia.
- Límite de la infraestructura: Advierte que una vez que un incendio supera el umbral de contención, no existe presupuesto ni infraestructura (como helicópteros) en el mundo que sea suficiente para detenerlo.
- Planificación y presupuesto a largo plazo
La prevención requiere que las autoridades nacionales y locales consideren el riesgo climático como una prioridad estatal permanente. En ese contexto, el presupuesto debe destinarse a la creación de brigadas en campo, equipamiento y un acompañamiento técnico constante durante todo el año. También debe haber una apertura entre niveles de gobierno (municipal, departamental y nacional) para sumar esfuerzos con ONG y otros actores.
Finalmente, señala que la prevención se beneficia de la transparencia de la información de monitoreo. Esto implica complementar las diversas plataformas de monitoreo (como el SIMB, las de universidades y ONG) para tener una radiografía completa del riesgo y planificar con precisión.
El artículo origina fue publicado por: laregion.bo











