Florestanía se fue construyendo durante años como un espacio para experimentar otras maneras de habitar el bosque y ahora quiere conseguir que ese aprendizaje viaje mucho más allá de sus propios límites.
Pando, 27 agosto (ANA).– A pocos minutos del centro de Cobija hay un lugar donde se puede caminar entre árboles recuperados, descubrir cómo una cámara espera silenciosamente el paso de un animal, conocer otras formas de construir y producir, probar un café robusta amazónico y terminar conversando sobre incendios, alimentos, educación y conservación. Florestanía se fue construyendo durante años como un espacio para experimentar otras maneras de habitar el bosque y ahora quiere conseguir que ese aprendizaje viaje mucho más allá de sus propios límites.
Durante la visita, Nicolás Gutiérrez Querejazu, cofundador de Florestanía, puso música de Matilde Casazola. No parecía un gesto preparado para explicar el lugar, pero mientras avanzaba la conversación, la voz de la compositora boliviana comenzó a mezclarse naturalmente con el paisaje, los materiales de bioconstrucción, el cacao y el café, los espacios de descanso y los árboles de distintas edades que rodean el Centro de Educación Ambiental.
“Aquí antes era un sujal”, recuerda Nicolás mientras observa un paisaje en el que hoy cuesta imaginar aquel comienzo. En esos primeros años predominaban el sujo y los pastos sobre un suelo degradado; después llegaron prácticas regenerativas, recuperación de vegetación, sistemas productivos y muchas personas dispuestas a experimentar, equivocarse, aprender y volver a intentar.
Nicolás tampoco cuenta esa transformación como un camino fácil, cuando él habla de conservación, prefiere describirla como una tarea cotidiana que termina modificando también a quien la practica.
“La conservación es muy difícil, es una tarea de todos los días. Yo la veo como una filosofía de vida, porque trabajar con conservación trata de hacernos mejores personas todos los días. Pero esto solo se logra a través de una red de trabajo”, sostiene.
Esa necesidad de construir redes terminaría siendo una de las ideas centrales de Florestanía.
Una escuela que se recorre



Con los años comenzaron a llegar voluntarios, estudiantes y universitarios que no solamente querían ayudar, sino entender qué estaban intentando hacer allí. Nicolás recuerda que al princípio hubo mucho escepticismo, pero la percepción empezó a cambiar cuando personas de otros lugares y universidades se interesaron por conocer la experiencia; hoy destaca especialmente la curiosidad que encuentra entre los jóvenes universitarios.
De esa relación con quienes llegaban nació también la necesidad de convertir Florestanía en un espacio donde el aprendizaje pudiera compartirse. El resultado es un Centro de Educación Ambiental en el que la sostenibilidad no empieza necesariamente con una charla, porque está incorporada en aquello que el visitante encuentra mientras camina. Hay bioconstrucción, baños secos, energía solar, compostaje, aprovechamiento de residuos, sistemas productivos y un bosque en recuperación que forman parte de una misma experiencia.
La entrevista deja ver que Nicolás entiende la educación ambiental de una manera mucho más amplia que la enseñanza de prácticas ecológicas. Cuando enumera lo que ocurre en Florestanía aparecen juntos el activismo, el arte, la arquitectura, la reforestación, el compostaje y el reciclaje, distintas puertas para despertar sensibilidad ambiental y poner ideas en movimiento.
El aprendizaje también puede llegar en una taza, ya que durante la visita, Nicolás preparó su café amazónico robusta, elaborado a partir de una selección de granos y una forma de trabajo que explica con evidente orgullo. La marca, Alma Robusta, muestra en su etiqueta una calificación de 88 puntos, un reconocimiento que para él habla del cuidado puesto en la selección y el procesamiento del café que sale de Florestanía, con granos seleccionados de comunidades pandinas.
Probarlo termina ampliando la conversación. Ya no se habla únicamente de restauración o educación ambiental, sino también de qué puede producir la Amazonía, cuánto conocimiento existe detrás de sus alimentos y qué ocurre cuando un producto del territorio recibe el cuidado suficiente para adquirir identidad y valor.
Así funciona buena parte de Florestanía. Una pregunta sobre el piso puede terminar hablando de castaña; un café lleva hacia los sistemas productivos; una cámara escondida entre los árboles abre la conversación sobre biodiversidad. La educación ambiental se parece menos a una clase y más a una experiencia que cambia de tema sin abandonar nunca el bosque.
Cuando el Proyecto Bosques Sostenibles, implementado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), con apoyo de la Plataforma Ambiental de la Unión Europea y Suecia, se encontró con esta experiencia, Florestanía ya llevaba años construyendo su propio camino. La alianza no buscó iniciar lo que allí ocurría, sino sumar capacidades a un trabajo local vinculado con conservación, restauración, educación ambiental y participación en la gestión de los ecosistemas.


El fuego al otro lado del bosque
El día de la visita, mientras la tarde caía sobre Cobija, podían distinguirse focos de humo en los alrededores. Después de caminar por un espacio que lleva años recuperándose, aquella imagen dejaba de ser simplemente parte del paisaje, porque recordaba la fragilidad de lo construido. Recuperar suelo, vegetación y diversidad requiere tiempo; un incendio puede alterar ese proceso en unas horas.
Florestanía había impulsado la Brigada Tapir, integrada por voluntarios dispuestos a responder frente a los incendios. Las necesidades que enfrentaba la brigada mostraban, una vez más, aquello que Nicolás repite cuando habla de conservación. Ninguna organización puede hacerlo todo y, por eso, insiste en la necesidad de “encontrar puntos en común” y sumar aquello que diferentes actores pueden aportar.
Ese encuentro permitió que Bosques Sostenibles fortaleciera a la brigada mediante capacitación y equipamiento. Actualmente está conformada por 18 bomberos voluntarios comunitarios, 11 mujeres y siete hombres, capacitados en prevención y manejo de incendios forestales.
Marlene Soria, técnica de FAO en Pando, explica que el acompañamiento comenzó en 2025 con acciones relacionadas con el chaco sin fuego y posteriormente avanzó hacia el fortalecimiento de los bomberos voluntarios.
“Prácticamente hemos trabajado de manera conjunta en la socialización del chaco sin fuego y, posterior a eso, en el fortalecimiento de los bomberos Tapir”, señala.
El trabajo mira ahora también hacia lo que viene después. Bosques Sostenibles acompaña el establecimiento de especies forestales como mara, cedro y castaña y la instalación de un vivero para que Florestanía pueda producir sus propios plantines.
En un espacio concebido para enseñar, sin embargo, producir árboles no es el único resultado posible. El vivero puede convertirse también en un lugar donde estudiantes, comunidades y organizaciones aprendan cómo producirlos, establecerlos y cuidarlos, de manera que un plantín nacido allí pueda terminar creciendo fuera del predio llevando consigo algo menos visible, pero quizá más importante, el conocimiento necesario para volver a hacerlo en otro lugar.

Lo que aparece cuando nadie está mirando
Hay una parte de Florestanía que los visitantes rara vez ven directamente, aquella que aparece frente a las cámaras trampa cuando los senderos quedan vacíos y algunos animales comienzan a desplazarse por el área.
Estos dispositivos permiten registrar la fauna presente y generar información sobre la biodiversidad que utiliza el espacio. Con apoyo de WWF, Florestanía viene fortaleciendo además sus capacidades de monitoreo, un componente especialmente importante para una de sus mayores aspiraciones, avanzar hacia el reconocimiento como una Otra Medida Efectiva de Conservación Basada en Áreas (OMEC).
Aunque el nombre puede parecer técnico, la idea es relativamente sencilla. Las OMEC reconocen espacios que no forman parte necesariamente del sistema tradicional de áreas protegidas, pero cuya gestión consigue resultados efectivos y duraderos para la conservación de la biodiversidad. El propio Proyecto Bosques Sostenibles registra el proceso que se viene impulsando para que Florestanía pueda avanzar hacia ese reconocimiento.
Para un lugar que comenzó siendo un sujal sobre suelo degradado, demostrar mediante información y monitoreo que allí puede conservarse biodiversidad tendría un significado particular. Sin embargo, Nicolás evita convertir esa aspiración en una idea de naturaleza separada de las personas porque, cuando habla de la Amazonía, recuerda inmediatamente que millones de familias y comunidades necesitan producir y vivir del territorio.
“La Amazonía es un espacio que necesita producir alimentos. Millones de personas y comunidades viven de la selva”, afirma, antes de llevar la conversación hacia lo que denomina un rescate ancestral y cultural de los alimentos amazónicos.
Entonces el cacao, la castaña y aquel Alma Robusta que Nicolás sirve con orgullo adquieren otra dimensión. No están allí únicamente como productos, sino como parte de una búsqueda en la que conservación, alimentación, identidad y economía puedan convivir. Una taza de café permite hablar de selección de granos y calidad, pero también de territorio, conocimiento y del valor que pueden alcanzar los productos amazónicos cuando detrás de ellos existe una relación cuidadosa con el lugar donde nacen.


Un lugar para llevarse una idea
Cuando se le pregunta por el futuro, Nicolás no comienza hablando de hectáreas, cantidad de árboles o número de visitantes. Su respuesta vuelve a la educación y, en uno de los pasajes más reveladores de la entrevista, relaciona parte de la crisis ambiental con una desconexión entre las personas y aquello que las sostiene.
“Solo puede cambiar a través de una educación verde profunda”, sostiene, y enseguida coloca sobre la mesa un sueño que sabe ambicioso, que ese enfoque pueda llegar algún día a la currícula escolar y universitaria del país.
La idea parece enorme para un espacio situado en las cercanías de Cobija, pero la propia historia de Florestanía comenzó de una manera parecida. Primero hubo personas intentando hacer algo diferente en un terreno dominado por sujo; después llegaron voluntarios, estudiantes, universidades y organizaciones interesadas en comprenderlo. Así, un espacio que empezó experimentando con prácticas regenerativas fue convirtiéndose poco a poco en un lugar donde otras personas llegan también a preguntar, observar y aprender.
Para Víctor Yapu, coordinador del Proyecto Bosques Sostenibles, esa combinación de conservación, aprendizaje y cercanía con la ciudad abre además otra posibilidad. “Florestanía tiene potencial para convertirse en parte de un circuito turístico pedagógico de la Amazonía, principalmente en Cobija, y puede conectarse con otras comunidades como Belmonte y otras cercanas a la urbe”, señala.
No cuesta imaginar ese recorrido. Una persona podría llegar para conocer el bosque, descubrir cómo funciona una cámara trampa, conversar con quienes integran la Brigada Tapir, recorrer los sistemas productivos, observar soluciones de bioconstrucción y terminar sentada con una taza de Alma Robusta mientras escucha una conversación que inevitablemente vuelve a la misma pregunta que parece acompañar todo lo que ocurre allí, cómo vivir en la Amazonía sin dejar de ser parte de ella.
Al final de aquella tarde, el humo todavía podía distinguirse en el horizonte mientras la música continuaba acompañando el lugar. Nicolás podía señalar espacios que años atrás estaban dominados por sujo y que hoy cuentan una historia distinta, pero quizá el mayor desafío de Florestanía ya no sea solamente demostrar que un espacio puede recuperar vida.
Ahora quiere conseguir que quienes lo recorran comprendan esa transformación, se lleven una idea y encuentren alguna razón para ponerla en práctica cuando regresen a casa.
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